En estos días en los que estoy tan apasionadamente siguiendo la formación para la temporada que viene de la plantilla de Unicaja, me apetece contar como me enganché al baloncesto hace ya 19 años.
Todo empezó en el colegio, allá por el año 1988. Se puede decir que mi primer contacto con el baloncesto fue a través de mis amigos de clase: David, Roberto, Pedro, Adolfo y Cecilio, seguidores del baloncesto americano. En aquellos días la NBA estaba muy de moda. Equipos como Los Angeles Lakers, Boston Celtics y Detroit Pistons engancharon a los jóvenes españoles que miraban a estos equipos y sus jugadores míticos como lo que eran: auténticas estrellas.
Al calor de esos astros nos pegamos cada viernes al televisor para ver los partidos de la NBA comentados por el gran Trecet. Para mí y mis compañeros de clase era fundamental aprendernos los nombres de los jugadores y los números que portaban y así poder demostrar a los demás los grandes "conocimientos" sobre baloncesto yanki que teníamos.
Decidimos poner toda la teoría en práctica. Pasamos de jugar al futbol a jugar al baloncesto. Pienso que desde entonces este deporte se convirtió en un referente para nosotros, llegando a desbancar al futbol de ese primer puesto perenne que se le presupone.
Mis primeros partidos de baloncesto fueron de chiste. No sabía hacer absolutamente nada, pero poco a poco fui aprendiendo los fundamentos básicos. Mi primer equipo como jugador fue el Tartesos. Ingresé de forma accidental, pues acompañando a mi amigo David a inscribirse, hice lo propio yo también. El segundo equipo donde jugué fue el Unicaja y por último, años después, el Tartesos de nuevo. Siempre fui un jugador malo. Mis dos momentos de gloria como jugador fueron dos partidos en los que anoté 16 y 17 puntos. Creo que Jiri Welsch y yo hemos tenido el mismo éxito...
En cuanto a como me enganché al Unicaja lo primero que supe de él es que el equipo de Málaga se llamaba "Caja de Ronda". Un día, comiéndome un bollicao me salió una pegatina de un tal "Rafael Vecina" (cuyo nombre escuchaba por primera vez ) que jugaba en ese Caja de Ronda y que con los años se convertiría en uno de mis ídolos. Aún creo que guardo esa pegatina.
Poco a poco me fui interesando por la liga ACB y por supuesto por el equipo malagueño. En ese tiempo había un gran equipo e iba muy bien en la liga. Jugadores como Arlauckas, Vecina, Fede Ramiro y Rickie Brown entrenados por Mario Pesquera auspiciaron el primer "boom" del baloncesto en Málaga, con la ayuda inestimable del Mayoral Maristas también, por supuesto. Yo fui uno de esos aficionados que se engancharon definitivamente a este deporte gracias a sus logros.
El primer partido que fui a ver al Ciudad Jardín era el Caja de Ronda contra el Cai Zaragoza y el segundo contra el Real Madrid de Petrovic. Perdimos ambos, pero eso no fue óbice para que germinara en mí la semilla del baloncesto que ya había sido depositada en el colegio Los Guindos.
Ha llovido mucho desde entonces. En todo este tiempo he visto de todo: Unicaja ganando títulos, Unicaja a punto de descender, partidos con 1500 espectadores, partidos con 10.000 almas llenado el Carpena, jugadores deplorables, estrellas como Ansley y Garbajosa...
Me siento muy orgulloso de ser seguidor del Unicaja y del baloncesto en general.
jueves, 26 de junio de 2008
martes, 24 de junio de 2008
El valor de una promesa
Un hombre es esclavo de sus palabras y si no cumple con la promesa dada puede convertirse en esclavo de una mentira, así, que como finalmente parece que estamos destinados a ser reos, prefiero serlo de mi promesa.
Le tengo prometido a mi novia-esposa una cena para sorprenderla. Ahora bien, tengo un problema, ¿podré llegar a cumplir la palabra dada en su totalidad? No es fácil. Entre ella y yo, el factor sorpresa culinario está más reducido que el aforo máximo de un seiscientos. El no ser poseedor de un horno tampoco ayuda a ofrecer una amplia oferta gastronómica. En un par de ocasiones similares me salvaron unas empanadillas y un solomillo. En esta ocasión va a tener que venir Mc Giver a echarme una mano... o un poquito de sal.
Le tengo prometido a mi novia-esposa una cena para sorprenderla. Ahora bien, tengo un problema, ¿podré llegar a cumplir la palabra dada en su totalidad? No es fácil. Entre ella y yo, el factor sorpresa culinario está más reducido que el aforo máximo de un seiscientos. El no ser poseedor de un horno tampoco ayuda a ofrecer una amplia oferta gastronómica. En un par de ocasiones similares me salvaron unas empanadillas y un solomillo. En esta ocasión va a tener que venir Mc Giver a echarme una mano... o un poquito de sal.
viernes, 20 de junio de 2008
La noche de San Juan
Ayer fue San Juan. Esta es una noche que aúna magia, alegría, diversión y gratos recuerdos de un pasado más sentido en la mayoría de los malagueños.
Anoche quedamos todos los amigos para comer pescaíto en un merendero. Digo "merendero" porque soy de los que les gusta esa denominación mucho más que la palabra chiringuito.
Conseguimos dos objetivos: reunirnos casi todos y comer bien. Después de una copiosa cena, al filo de la medianoche, fuimos a la orilla para mojarnos los pies. Mientras esperábamos la hora mágica, empezamos a sentir algo de frío por la brisa marina. Para amenizar el rato ( y conseguir algo de calor) al grito de "¡Pingüino!" todos nos agrupábamos lo más cerca posible en busca de calor. Las risas estaban garantizadas y algún tocamiento gay también jajajaja.
A media noche, diciendo adiós al día con más luz solar del año y pidiendo deseos o invocando a la suerte, todos metimos los pies en el agua. Después, como regalo, contemplamos una lluvia de fuegos artificiales. Ahora al escribir estas líneas y rememorar como seguimos escrupulosamente todas las supersticiones que hemos inventado para atraer la buena suerte, me pregunto que deseo pidió cada uno anoche. Yo también pedí el mío, pero ahora me gustaría cambiarlo. Porque si pudiese volver de nuevo al solsticio de verano, pediría que todos los deseos de mis amigos fueran concedidos.
Anoche quedamos todos los amigos para comer pescaíto en un merendero. Digo "merendero" porque soy de los que les gusta esa denominación mucho más que la palabra chiringuito.
Conseguimos dos objetivos: reunirnos casi todos y comer bien. Después de una copiosa cena, al filo de la medianoche, fuimos a la orilla para mojarnos los pies. Mientras esperábamos la hora mágica, empezamos a sentir algo de frío por la brisa marina. Para amenizar el rato ( y conseguir algo de calor) al grito de "¡Pingüino!" todos nos agrupábamos lo más cerca posible en busca de calor. Las risas estaban garantizadas y algún tocamiento gay también jajajaja.
A media noche, diciendo adiós al día con más luz solar del año y pidiendo deseos o invocando a la suerte, todos metimos los pies en el agua. Después, como regalo, contemplamos una lluvia de fuegos artificiales. Ahora al escribir estas líneas y rememorar como seguimos escrupulosamente todas las supersticiones que hemos inventado para atraer la buena suerte, me pregunto que deseo pidió cada uno anoche. Yo también pedí el mío, pero ahora me gustaría cambiarlo. Porque si pudiese volver de nuevo al solsticio de verano, pediría que todos los deseos de mis amigos fueran concedidos.
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