De todos es conocido mi amor y cariño hacia Cuba. Cuatro visitas a la isla dan para mucho. Para muchísimo, diría yo. Cuba siempre será un viaje distinto a los demás, pues te ofrece algo que no encontrarás viajando a Paris, Londres o Nueva York: relacionarte con la gente.
En estos viajes he conocido todo tipo de cubanos interesantes
y hasta algunos extranjeros (aunque allí también yo lo soy) dignos de mención.
La ciudad donde más amigos tengo es en La Habana. En La Habana vieja, la parte más bella de la capital, vive mi amigo Víctor, y allí, en su casa, tuvo lugar uno de los descubrimientos culinarios mas sorprendetes e impactantes de mi vida: las croquetas de su madre, Manuela.
Todo empezó el día en que fui con Víctor a su casa y me presentó a su madre. Éste me recibió con ¡rulos en el pelo! Hacía años que no veía algo así. Manuela acababa de hacer unas croquetas y me ofreció probarlas. Yo en ese momento "manejaba" más hambre que el perro de un afilador (que le pega bocados a las chispas para comer caliente) y gustosamente me dispuse a tomar una. Esa croqueta viajó rumbo a mi boca. Su casi perfecta forma geométrica en forma de cilindro, con sus extremos redondeados, no hacían más que presagiar la absoluta perfección que hallaría mi paladar. La croqueta era exquisita. Conmovido le pregunté de que estaban hechas, a lo que ella me contestó: "De jureles".
Desde aquel día, uno de mis referentes gastronómicos,son las croquetas de Manuela. He tenido la suerte de volver a Cuba y volver a probarlas allí de nuevo. Pero no contento con ello, unos amigos que han estado en La Habana recientemente me han ayudado a hacer lo imposible: ¡Me han traído croquetas congeladas de mi amiga Manuela! Y ¿sabéis qué? Siguen estando buenísimas tras 6000 kms. de vuelo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Pues deberías pedirle la receta!! x
Malvado eres, pues, si receta no compartes tras hacernos la boca agua.
Publicar un comentario